Las emociones, el mar y un mar de emociones

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Hace algunos años, un anciano me contó: “Si quieres resolver un conflicto emocional, ve y entrégalo al mar. Sin embargo, si es mental, ve y entrégalo a la tierra, al bosque”.

Es posible que esto sea así, pero tengo mis dudas de cómo identificarlo, pues la mente es capaz de desequilibrar mis emociones y, al mismo tiempo, mis emociones pueden hacer enloquecer a mi mente.

Pues bien, la explicación a todo esto es que, el reflejo visible por excelencia de nuestras emociones son las lágrimas. Al acercarte al mar, están en su ambiente natural y salado, se confunden con el agua y las arrastran las corrientes marinas. Por otro lado, los pensamientos, al conectarse con la tierra, con el latido de la vida, van bajando poco a poco al corazón, toman su ritmo y así los podemos discernir: si laten o hacen latir nuestro corazón, estamos en buen camino; si no, los dejamos bajar hasta la raíz y que alimenten la tierra, liberándonos a nosotros.

Dicho esto, sea como sea, no sé muy bien por qué, yo acabo siempre frente al mar. Pareciera que soy todo emoción, todo sentimiento o todo lágrima, no se la respuesta, pero para mí, entrar en comunicación silenciosa con el mar, me aquieta cuerpo, mente y alma. Eso los días soleados, porque los días nublados, la conexión es tal, que me lleva a un hermoso trabajo de introspección, como no realizo en ningún otro lugar.

Pero hoy, algo me llamó poderosamente la atención. ¿Qué está pasando?, ¿Por qué cada vez hay más y más personas solas sentadas frente al mar?
Yo solo puedo hablar de mí y por mí, de lo que representa para mí dejarme sentir en silencio frente al mar. Y os puedo asegurar que es una experiencia hermosa y muy gratificante, a la vez que esclarecedora.

Veréis, creo que el ser humano está tomando un rumbo extraño, o tal vez la extraña sea yo. Las relaciones, se están limitando a meros encuentros físicos, a los que se llega tras una buena sarta de mentiras y frases hechas, con la única finalidad, muy primitiva por otro lado, de mantener el espíritu del cazador lo más vivo posible.
Pero en su origen, el cazar, tenía una finalidad de supervivencia, ¿Tal vez como las relaciones hoy en día?. Por un lado, mantenían la especie y por otro lado, la alimentaba. Pero a día de hoy, lo único que el cazador quiere mantener a salvo, es su ego, su supremacía sobre el otro género y, una vez lo consigue y tiene la pieza, satisfecha su necesidad más biológica y primitiva, no sabe qué hacer con ella, por tanto, la aparta a un lado y sale de nuevo a por otra presa. Triste verdad?

Creo que, es por eso, que las personas que viven desde el corazón, desde el sentimiento o la esperanza, cada vez más, van optando por endurecer su corazón o cerrarlo bajo siete llaves, para pasar a vivir desde la desconfianza y el recelo.

Esto significa: conflicto a la vista!!

Porque, no puedes ir en contra de lo que sientes, de lo que hace latir tu corazón, de juzgar a los demás de manera general por unos pocos, pero tu mente, esa vocecita incansable, te va recordando los hechos vividos, te trae imágenes y se pone a juzgar y comparar, convirtiéndose en una mordaza para tu corazón intentando, no siempre con éxito, hacerlo callar.

Mente y corazón, ensalzados en una batalla, una grita que se calle y el otro se esfuerza por seguir latiendo; una recela y el otro quiere seguir confiando y así, te pones a dar vueltas y, como en mi caso, acabas sentada frente al mar, en un día nublado como el de hoy, donde las olas rompen contra la orilla, como si en cada sacudida, intentara sacarte de ese letargo en el que prefieres sumirte, para no pensar, para no latir, para no amar.

Ay el amor!!

Capítulo aparte merece el amor. Aquí sí que el rey es el corazón, aunque en estos días de materialismos, de insensibilidad y de falta (o miedo) al compromiso, nos negamos a amar y ser amados.

Los que somos emocionales, parece que tenemos siempre listo el corazón para recibir, para una nueva oportunidad, para un “esta vez sí!”, aunque muchas veces en los primeros minutos, ya sabes que será un “esta vez….tampoco!”, pero aun así, seguimos confiando, dejamos de escuchar a la voz supuestamente del ego, del pasado, de…bla, bla, bla, maldito monólogo interno, y nos lanzamos con el músculo latiente abierto en canal, a un nuevo intento. Muchas veces, sabemos que vamos a añadir una nueva muesca en la pared de nuestras heridas y aun así, saltamos al vacío porque seguimos creyendo en el amor, pero en el AMOR, el de verdad, el que te toca el alma y te permite a ti tocar la de la otra persona. El amor de los silencios y del mirarse a los ojos tomados de las manos…si, así somos los emocionales.

Seres acostumbrados a caer, llorar, sangrar y volver a empezar. Seres llenos de cicatrices, unas más profundas que otras, pero orgullosos de ellas, de haberlo intentado y no habernos quedado con las ganas. Nos llaman locos, ilusos, inocentes, crédulos o tontos. Sí, todo eso y más nos llaman, pero sabemos que a nuestra manera, somos felices, porque mientras nos dejamos sentir, mientras nuestro corazón late muy fuerte, mientras sentimos ese cosquilleo en la boca del estómago, mientras sonríes solo de pensar lo maravilloso que “si será esta vez..”, a nuestra manera, pero somos inmensamente felices.

Si, ya lo sé, que luego en cuanto nos damos cuenta de que tan solo es lo mismo otra vez, nos sumimos en una profunda melancolía, un inmenso océano de lágrimas y te dan ganas de romperlo todo, de dejarlo todo y, justo ahí…..en ese punto es cuando tus pasos, te llevan frente al mar.

¿Quieres saber por qué?, porque todos los ríos desembocan en el mar y los ríos de emociones, no iban a ser menos!!

©Marilar Ruiz 2017

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Marilar Ruiz
Profesora · Formadora de Equipos · Conferenciante · Orientadora Emocional , Asesora Empresarial
Marilar Ruiz

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